viernes, 3 de diciembre de 2010

Viaje al infierno de sal, el sitio más cálido del planeta


El trabajo resulta muy tentador, señala Hamid.
El lago Assal se encuentra en la República de Yibuti, una pequeña nación de África Oriental localizada dentro de lo que se conoce como el Cuerno de África. Ubicado a 150 metros bajo el nivel del mar, esta fuente de agua es considerada una de las zonas más calientes del planeta.
Los seres humanos necesitan una gran cantidad de líquido para sobrevivir, en especial ante las condiciones extremas que allí se dan. Pero el lago Assal no es la respuesta a esta necesidad: al ser de agua salada es inútil como fuente de hidratación.
La periodista de la BBC Pascale Harter visitó la zona y conoció a una de las personas que se gana la vida en esas duras condiciones.

Se trata de Ali Hamid, un hombre que vive de lo que el lago Assal tiene para ofrecer: sal pura.
La salinidad de sus aguas superan a las del Mar Muerto, considerado incorrectamente el lago más salado del mundo.
La sal que Hamid extrae puede considerarse un producto de lujo, destinado a exigentes paladares.
Es servida en las mesas más exclusivas en París, y aunque la demanda de este producto ha disminuido, este tipo de actividad sigue siendo una de las escasas fuentes de trabajos que hay en la zona.
Antes que el sol se eleve
Hamid debe vencer la tentación de beber el agua que lo rodea. No es para consumo humano.
Hamid ha estado haciendo este trabajo por años, y antes que él su papá también vivió de la extración de sal.
Según Hamid éste es un trabajo tradicionalmente de nómadas.
Sin embargo, es realizado en condiciones muy calientes. En verano, por ejemplo, la temperatura del agua puede llegar a alcanzar los 35ºC.
Esto significa que tanto Hamid como sus amigos, que extraen la sal con sus manos, tienen que dejar de trabajar a las 8 de la mañana.
Más tarde las altas temperaturas hacen imposible continuar con la faena.
Por eso, quienes viven de la salina del lago Assal comienzan su jornada laboral cuando todavía es oscuro, a las 4 de la mañana.
 esa hora se instalan a orillas del lago, donde -agachados y armados de cualquier roca- golpean el suelo para extaer lo que les dará el sustento.
No para beber
Hamid señala que trabajar ahí resulta muy tentador. Está rodeado de toda una masa de agua que a simple vista parece deliciosa y refrescante.
La sal que trabaja Hamid es muy pura y es servida en las mesas más exclusivas en París.
Pero a pesar de las apariencias y de la provocación de beberla, sabe que esa agua es demasiado salada para consumo humano.
Y esa tentación se profundiza en parte si se tiene en cuenta la realidad que tiene que enfrentar en casa.
Su familia depende del agua que el gobierno reparte una vez a la semana.
Hamid recibe tres barriles para abastecer a su esposa y a sus tres hijos.
Así que el primer día que hay agua, ellos lavan la ropa y todos los platos, luego el resto del agua es para beberla.
Pero si la entrega de barriles de agua se retrasa, cada día que pasa se convierte en un infierno.