martes, 8 de junio de 2010

TRADICIONES PERUANAS- LOS INCAS AJEDRECISTAS


Los moros, que durante siete siglos dominaron en España, introdujeron en el país conquistado la afición al juego de ajedrez.
Terminada la expulsión de los invasores por la católica reina doña Isabel, era de presumirse que con ellos desaparecerían también todos sus habitos y distracciones; pero lejos de eso, entre los heroicos capitanes que en Granada aniquilaron el ultimo baluarte del islamismo, había echado honda raíces el gusto por el tablero se las sesenta y cuatro casillas o escaques, como en heráldica se llaman.
Pronto dejo de ser el ajedrez el juego favorito y exclusivo de los hombres de guerra, pues cundió entre las gentes de la Iglesia, abades, obispos, cónicos y frailes de campanillas. Así, cuando el descubrimiento y la conmquista de América fueron realidad gloriosa para España, llego a ser como patente o pasaporte de cultura social para todo el que al Nuevo Mundo venia investido de cargo de importancia el verle mover piezas en el tablero.

El primer libro que sobre el ajedrez se imprimiera en España apareció en el primer cuarto de siglo posterior a la conquista del Perú, con el titulo Invención Liberal y arte de ajedrez, por Ruy Lopez de Segovia, clérigo, vecino de la villa de Zafra, y se imprimió en Alcalá de Henares en 1561. Ruy Lopez es considerado como fundador de teorías y poco de su aparición se tradujo el opusculo al francés y al italiano.
 El librito abundo en Lima hasta 1845, poco mas o menos, en que aparecieron ejemplares del Philidor, y era de obligada consulta allá en los días lejanisimos de mi pubertad, así como el Cecinarrica para los jugadores de damas.
Hoy no se encuentra el Lima, ni por un ojo de la cara, ejemplar de ninguno de los dos viejisimos textos.
Que muchos de los capitanes que acompañaron a Pizarro en la conquista, así como los gobernadores de Vaca de Castro y La Gasca, y los primeros virreyes Nuñez de Vela, marquez de Cañete y el conde de Nieva, distrajeron sus ocios en las peripecias de un partida, no es cosa que llame la atención desde que el primer arzobispo de Lima fue vicioso en el juego del ajedrez, que hasta llego  a comprometer, por no resistirse a tributarle culto, el prestigio de las armas reales. Según Jimenez de la Espada, cuando la Audiencia encomendó a uno de sus oidores y al arzobispo don fray Jerónimo de Loayza la dirección de la campaña contra el caudillo revolucionario Hernandez Giron, la musa popular del campamento realista zahirio la pachorra del hombre de toga y la afición del mitrado al ajedrez con este cantarcillo pobre rima, pero rico en verdades:
El uno jugar y el otro dormir, ¡on que gentil¡ No comer ni apercibir ¡oh que gentil¡ Una ronca y el otro juega...¡ y así va la brega¡
Los soldados , entregados a la inercia en el campamento y desatendidos en la provison de víveres, pricipiaban ya a desmoralizarse, y acaso el éxito habría favorecido a los rebeldes si la Audiencia no hubiera tomado el acuerdo de separar al oidor marmota y al arzobispo ajedrecista.
Se sabe, por tradición, que los capitanes Hernandez de Soto, Juan de Rada, Francisco de Chavez, Blas de Atienza y el tesorero Riquelme se congregaban todas las tardes, en Cajamarca, en el departamento que sirvió de prisión al Inca Atahualpa desde el 15 de Noviembre de 1532, en que efectuó la captura del monarca, hasta la antevíspera de su injustificable sacrificio el 29 de agosto de 1533.
Allí, para los cinco nombrados y tres o cuatro mas que no se mencionan en sucintos y curiosos apuntes (que a la vista tuvimos, consignados en rancio manuscrito que existió en la antigua Biblioteca nacional), funcionaban dos tableros, toscamente pintados, sobre la respectiva mesita de madera. Las pieza eran hecha del mismo barro que empleaban los indígenas para la fabricacion de idolillos y demás objetos de alfareria aborigen, que hogaño se extraen de la huacas. Hasta los primeros años de la republica no se conocieron en el Perú otras piezas que las de marfil, que remetian para la venta los comerciantes filipinos.
Honda preocupacion abrumaria el espiritu del Inca en los dos o tres primeros meses de su cautiverio, pues aunque todas la s tardes tomaba asiento junto a Hernando de Soto, su amigo y amparador, no daba señales de haberse dado cuenta de la manera como actuaban las pieza ni de los lances y accidentes del juego.
Pero una tarde, en las jugadas finales de una partida empañada entre Soto y Riquelme, hizo el ademán Hernando de Soto de movilizar el caballo, y el Inca, tocandole ligeramente en el brazo, le dijo en voz baja:
- No capitan, no....¡El castillo¡
La sorpresa fue general, hernando, despues de breves segundos de meditacion, puso en juego la torre, como le aconsejara Atahualpa, y pocas jugadas despues sufria Riquelme inevitable mate.
Despues de aquella tarde, y cediendole siempre las pieza blancas, y al cabo de un par de meses el discipulo era ya digno del maestro jugababa de igual a igual.
Comentabase, en los apuntes a que me referido que los otros ajedrecistas españoles, con excepcion de Riquelme invitaron al Inca; pero este se excuso siempre de aceptar, diciendoles por medio del interprete Filipillo: -¡Yo juego muy poquito y vuestra merced juega mucho¡.
La tradición popular asegura que el Inca no habría sido condenado a muerte si hubiera permanecido ignorante en el ajedrez. Dice el pueblo que Atahualpa pago con su vida el mate que por su consejo de veinticuatro jueces, consejo convocado por Pizarro, se impuso a Atahualpa la pena de muerte por trece cotos contra once. Riquelme fue  de los trece que suscribieron la sentencia.