lunes, 10 de mayo de 2010

ANECDOTAS DE FAMOSOS 4


O’Henry, seudónimo de W. Sydney Porter (1862-1910), estaba cumpliendo tres años de prisión por malversación de fondos públicos, cuando empezó a escribir cuentos. Una vez liberado, obtuvo fama nacional con 300 relatos, todos con final sorprendente.

La obra maestra de Gustave Flaubert, Madame Bovary, una historia de amor brutal y realista que trataba sobre el adulterio, fue condenada como pornográfica cuando se publicó por entregas en un periódico en 1856, y Flaubert fue acusado de ofender la moral pública y la religión. La corte censuró el libro, pero absolvió a su autor. Aunque la novela estaba vendiéndose a miles, Flaubert dijo que deseaba tener bastante dinero como para comprar cada ejemplar, “arrojarlos todos al fuego y no volver a oír hablar del libro jamás”.

Cuando D. W. Griffith produjo su película El nacimiento de una nación, se inspiró en el libro The Klansman, de Thomas Dixon, como base para el guión. Acordó pagar a Dixon 10,000 dólares por los derechos, pero se quedó sin dinero y sólo pudo pagarle 2,500 por la opción original. Por el resto, ofreció a Dixon un interés del 25 por ciento sobre las ganancias de la película. Dixon aceptó de mala gana. Al final, sus ingresos se convirtieron en la suma más grande que ha recibido jamás algún escritor por una historia para el cine: varios millones de dólares.

Emily Dickinson, cuya poesía emociona ahora a millones de personas, dio vuelo a su imaginación en lo concerniente a la Tierra, el firmamento y el mismo cielo. Pero sólo abandonó Massachusetts, su estado natal, una única ocasión, para visitar a su padre en Washington, donde era diputado. Se convirtió en una auténtica reclusa, que no permanecía en la misma habitación con sus visitas, sino que hablaba con ellos desde una habitación vecina.

Aunque no estaba ciego, pero tenía vista deficiente, Aldous Huxley aprendió braille para poder dar descanso a sus ojos doloridos, sin tener que renunciar a la lectura, de la que tanto disfrutaba. Una de las compensaciones, decía Huxley, era el placer de leer en la cama en la oscuridad, con el libro y las manos cómodamente bajo los cobertores.

Herman Melville no destacó como figura literaria hasta mucho después de su muerte, en 1891. Se había desilusionado tanto por el fracaso comercial de Moby Dick (1851) y otra novelas, que renunció a la pluma y se convirtió en un oscuro empleado en la administración de aduanas de Nueva York. Su Bill Budd ni siquiera fue publicado antes de 1924.

Después de los primeros episodios de Las confesiones del caballero de industria Félix Krull, el novelista Thomas Mann interrumpió la obra, la publicó como relato corto y no volvió a ella hasta 32 años después. Cuando reanudó el trabajo, exactamente donde lo había dejado, no alteró ni una sola palabra de los fragmentos anteriores, y la novela resultante quedó tan bien equilibrada como todas sus otras obras.

El espectáculo de una ejecución pública en París horrorizó tanto a León Tolstoi, que dijo: “Nunca, bajo ninguna circunstancia, prestaré nuevamente servicio a forma alguna de gobierno absoluto”.

Según varios eruditos, las dos últimas obras de Shakespeare, Enrique VIII y Dos parientes nobles, fueron escritas en colaboración con John Fletcher, otro dramaturgo inglés de aquel tiempo.

El gran poeta francés François Villon llevó una existencia de robo y muerte que en varias ocasiones pudo haber terminado en el patíbulo. Nadie sabe dónde, cuándo o cómo murió.

No se preocupó mucho por sus estudios, y en realidad jamás terminó la enseñanza secundaria. Como pasaba más tiempo leyendo y chismorreando con sus amigos que dedicado a su trabajo, perdió su puesto de administrador de correos de la comunidad. “Que me cuelguen” dijo tras perder su empleo, “si intento estar a disposición de todo bribón ambulante que tenga dos centavos para invertir en un sello postal”. En 1949 se le otorgó el premio Nobel de Literatura… era William Faulkner.

“Sería superfluo, pues ya me he concedido yo mismo esta orden”, contestó George Bernard Shaw, cuando le ofrecieron la prestigiosa Orden del Mérito de Inglaterra.

Tras vivir durante siete semanas entre los trabajadores de los mataderos de Chicago, Upton Sinclair publicó su novela La Selva en 1906, para “atemorizar al país mediante un cuadro de lo que estaban haciendo los amos industriales a sus víctimas”. Había observado que metían en la cinta transportadora pan envenenado y ratas muertas, que se convertían en salchichas, y que los trabajadores que caían por accidente en cubas abiertas, salían al mercado convertidos en manteca Anderson’s Pure Leaf. La novela desempeño un gran papel en la apertura de una investigación sobre las condiciones de los mataderos de Chicago.

El gran escritor satírico francés Voltaire contribuyó con un enorme servicio a la ciencia. Hizo que una de sus amantes escribiera una traducción al francés de la obra maestra de Newton Principia Mathematica, y luego él mismo escribió un comentario. La gracia de lo escrito por Voltaire ayudó a popularizar en toda Francia los conceptos de Newton.

Sir Walter Scott fue un escritor muy prolífico, que obtuvo con sus obras fama y éxito. Por desgracia, invirtió casi toda su recién ganada riqueza en empresas editoriales que fracasaron con la depresión de 1826. Scott contrajo deudas por la estremecedora cantidad de 130,000 libras esterlinas, y dedicó el resto de su vida a escribir para pagarlas. Con el paso del tiempo murieron su esposa, su hijo y su nieto, y él sufrió varios ataques cardíacos; pero hasta el último acreedor fue pagado totalmente.

“Lo siento, señor Kipling, pero usted simplemente no sabe emplear el lenguaje inglés. Este no es un jardín de infancia para escritores aficionados”. Con estas proféticas palabras, Rudyard Kipling, que ya había escrito entonces uno de los mejores relatos en la historia de la literatura, El hombre que pudo reinar, fue despedido de su empleo de reportero por el Examiner de San Francisco.

La revista The New Yorker recibe al año más de 250,000 originales de material no solicitado: cuentos, ideas para caricaturas, chistes. Cada uno es revisado como mínimo por dos personas. Aunque sólo se publican de 110 a 120 historias anualmente, The New Yorker publica más relatos de ficción que ninguna otra revista en los Estados Unidos.

Walt Whitman fue despedido de su empleo en la oficina india del Departamento del Interior cuando era el secretario, James Harlan, leyó un fragmento de Hojas de Hierba de Whitman, y la consideró “poesía perniciosa”.

Los historiadores han relatado la admirable historia de Abdul Kassem Ismael (938-995), el sabio gran visir de Persia, y de su biblioteca de 117,000 volúmenes. En sus muchos viajes como guerrero y estadista, jamás se apartó de sus amados libros. Estos eran transportados por 400 camellos, entrenados para caminar en fila, de manera que los libros que llevaban sobre sus lomos se mantuvieran en orden alfabético. Los camelleros bibliotecarios ponían inmediatamente en manos de su amo cualquier libro que éste pidiera. Debido a su trato cordial, Abdul Kassem Ismael fue apodado Saheb, el camarada.

Jean Victor Poncelet sirvió como teniente de ingenieros en el ejército de Napoleón, y fue gravemente herido y dado por muerto en Rusia. De algún modo, logró sobrevivir; fue capturado por los rusos, que le obligaron a caminar durante cuatro meses de invierno hasta la prisión. Mientras estuvo encarcelado, durante un año y medio, meditó respecto a la geometría. Su libro Sobre geometría proyectiva es considerado la base de la geometría moderna.

Lord Byron (1788-1824), el moreno y hermoso poeta romántico inglés, nació con un pie deforme, respecto del cual se ha escrito mucho. Pero ¿era el pie derecho o el izquierdo? Nadie está seguro; la información relativa al defecto físico es muy confusa.



fuente:www.microcaos.net